Más de una semana después puedo recordar las emociones de cada uno de los kilómetros de la maratón. A pesar del frío de ese día, decido correr con calzonas y camiseta de tirantas. Para los primeros kilómetros llevo unos guantes de plástico, esos de la gasolinera o de la frutería. Los tiro en el primer avituallamiento. Más tarde, en el kilómetro 18, con la brisa del norte en la cara, en la desangelada avenida de Kansas City, los echo de menos, tengo las manos congeladas.
Ya he dicho por aquí que al día siguiente tenía una cita importante, así que desde la salida desecho la idea de acercarme a las 3h.50 y me conformo con bajar de 4 horas y, sobre todo, con disfrutar de los últimos kilómetros, con completar la maratón sin sufrir –entiéndase el oxímoron-. Los primeros kilómetros llegan puntuales. Hasta el 18 voy en un buen grupo, con algunos corredores que conozco del foro de El atleta. Mantengo el ritmo hasta el 20, donde me espera Miguel, dispuesto a acompañarme hasta meta. La media maratón la paso en 2 horas, prácticamente igual que el año pasado, cuando me fui a 4h.12. Los siguientes kilómetros los hacemos rápido y en el 25 me empiezo a notar las piernas pesadas. Ver el campo del Sevilla no puede traer nada bueno, pero lo peor es que recuerdo que el año pasado iba mucho mejor a estas alturas. No está bien pensar en esto, en una maratón las comparaciones son especialmente odiosas. Achaco las malas sensaciones al frío (4 grados) o al exceso de palique de los primeros kilómetros. En este momento el apoyo de mi familia es especialmente importante. Tere está en el 27 y el 30. Mi padre casi ha hecho media maratón para verme en distintos puntos de la carrera.
Así las cosas, entre el empeño de Miguel por no hacer los kilómetros por encima de 5:40 y mis recelos, que me hacen guardar fuerzas para el final y no hacerlos por debajo, llevamos un ritmo constante. Guardar, guardar y guardar es la consigna. Al paso por el 32 una agradable sorpresa. Manu nos espera para hacer los últimos 10 kilómetros con nosotros. Gracias a mis dos liebres, a sus palabras de ánimo, consigo mantener el ritmo. En el 38 toca sufrir, miro el reloj a cada momento y veo que los minutos no pasan. Pero el ritmo se mantiene. Hay opciones de bajar de cuatro horas y eso me sirve de motivación. En el último avituallamiento, el del 40, que el año pasado pasé andando, no cojo nada. Aún tengo fuerzas para aumentar el ritmo en el 41 y entro pletórico al Estadio, disfrutando de la carrera que he hecho. Ya en la pista, busco el cronómetro de meta y veo que el tiempo oficial pasa de las 4 horas por algunos segundos. Con el objetivo de bajar de 4 horas sin cumplir, sólo me queda disfrutar de los últimos metros. Aflojo para esperar a Miguel, que se ha quedado unos metros rezagado y saboreo la gloria, que no entiende de cronómetros.
Se podrían decir muchas más cosas, pero baste la foto de entrada en meta.

Ya he dicho por aquí que al día siguiente tenía una cita importante, así que desde la salida desecho la idea de acercarme a las 3h.50 y me conformo con bajar de 4 horas y, sobre todo, con disfrutar de los últimos kilómetros, con completar la maratón sin sufrir –entiéndase el oxímoron-. Los primeros kilómetros llegan puntuales. Hasta el 18 voy en un buen grupo, con algunos corredores que conozco del foro de El atleta. Mantengo el ritmo hasta el 20, donde me espera Miguel, dispuesto a acompañarme hasta meta. La media maratón la paso en 2 horas, prácticamente igual que el año pasado, cuando me fui a 4h.12. Los siguientes kilómetros los hacemos rápido y en el 25 me empiezo a notar las piernas pesadas. Ver el campo del Sevilla no puede traer nada bueno, pero lo peor es que recuerdo que el año pasado iba mucho mejor a estas alturas. No está bien pensar en esto, en una maratón las comparaciones son especialmente odiosas. Achaco las malas sensaciones al frío (4 grados) o al exceso de palique de los primeros kilómetros. En este momento el apoyo de mi familia es especialmente importante. Tere está en el 27 y el 30. Mi padre casi ha hecho media maratón para verme en distintos puntos de la carrera.
Así las cosas, entre el empeño de Miguel por no hacer los kilómetros por encima de 5:40 y mis recelos, que me hacen guardar fuerzas para el final y no hacerlos por debajo, llevamos un ritmo constante. Guardar, guardar y guardar es la consigna. Al paso por el 32 una agradable sorpresa. Manu nos espera para hacer los últimos 10 kilómetros con nosotros. Gracias a mis dos liebres, a sus palabras de ánimo, consigo mantener el ritmo. En el 38 toca sufrir, miro el reloj a cada momento y veo que los minutos no pasan. Pero el ritmo se mantiene. Hay opciones de bajar de cuatro horas y eso me sirve de motivación. En el último avituallamiento, el del 40, que el año pasado pasé andando, no cojo nada. Aún tengo fuerzas para aumentar el ritmo en el 41 y entro pletórico al Estadio, disfrutando de la carrera que he hecho. Ya en la pista, busco el cronómetro de meta y veo que el tiempo oficial pasa de las 4 horas por algunos segundos. Con el objetivo de bajar de 4 horas sin cumplir, sólo me queda disfrutar de los últimos metros. Aflojo para esperar a Miguel, que se ha quedado unos metros rezagado y saboreo la gloria, que no entiende de cronómetros.
Se podrían decir muchas más cosas, pero baste la foto de entrada en meta.
