A finales del mes pasado estuve en el Festival Iberoamericano de Teatro de Cádiz viendo la representación de El enfermo imaginario, de Molière, a cargo de la compañía de Teatro “El carromato”. Entonces pensé dedicarle una entrada del blog, pero desconfiaba de mi capacidad verbal para dar cuenta de una de las cosas que más me entusiamó: la escenografía. Hoy me han pasado algunas fotos de ese día y me decido a hablar de ello.
No quiero dejar de señalar la formidable actuación de Javi Palacios, en el papel de Argán, el enfermo imaginario, que, sin embargo, no eclipsó a la de sus compañeros de reparto, también excepcionales en sus diferentes registros. Junto al vestuario, las luces y el sonido, contribuyó a que el tiempo de la representación volara, como la mente del propio Argán.
Pero venía a hablar de la escenografía. La utilización del espacio me pareció certera. Sólamente una cama, con baldaquino, llenaba la escena. Sobre ella, el protagonista se movía a sus anchas, utilizando tanto la parte correspondiente al colchón como la parte alta, sobre el dosel, lugar de intimidad donde se situaba tanto el escritorio como el retrete del enfermo imaginario. Se puede decir que apenas pisó el suelo durante el tiempo que duró la obra, pero es que en realidad ningún actor lo hizo. Todos ellos utilizaban zancos, que variaban en altura según el grado de importancia que tenía cada personaje para Argán, que de esta manera no sólo imaginaba sus enfermedades, sino que recreaba el entorno a su antojo. Además, la elevación de los personajes cumplía perfectamente la función de posibilitar la interrelación entre el enfermo, literalmente (nunca mejor dicho) en las nubes, y el resto de personajes.


Por todo ello, quiero dar mi enhorabuena a todos los que forman esta compañía de teatro y les deseo muchos éxitos.
Pero venía a hablar de la escenografía. La utilización del espacio me pareció certera. Sólamente una cama, con baldaquino, llenaba la escena. Sobre ella, el protagonista se movía a sus anchas, utilizando tanto la parte correspondiente al colchón como la parte alta, sobre el dosel, lugar de intimidad donde se situaba tanto el escritorio como el retrete del enfermo imaginario. Se puede decir que apenas pisó el suelo durante el tiempo que duró la obra, pero es que en realidad ningún actor lo hizo. Todos ellos utilizaban zancos, que variaban en altura según el grado de importancia que tenía cada personaje para Argán, que de esta manera no sólo imaginaba sus enfermedades, sino que recreaba el entorno a su antojo. Además, la elevación de los personajes cumplía perfectamente la función de posibilitar la interrelación entre el enfermo, literalmente (nunca mejor dicho) en las nubes, y el resto de personajes.


Por todo ello, quiero dar mi enhorabuena a todos los que forman esta compañía de teatro y les deseo muchos éxitos.